viernes, 7 de noviembre de 2014

L-190 Journey ... de Ken Wapnick

Como ya indiqué en el post índice, los comentarios de Ken Wapnick son los que he puesto en color verde:

Lección 190 — Elijo el júbilo de Dios en lugar del dolor

Esta lección puede que no sea tan hermosa como las dos anteriores, pero su exposición sobre el rol que juega el dolor en el sistema de pensamiento del ego hace que sea una de las lecciones más importantes del Libro de ejercicios. "Los testigos del pecado" [T.27.VI] define el dolor como uno de los testigos más convincentes del pecado, y esta lección viene a decir lo mismo, al reflejar el principio metafísico de Un Curso de Milagros de que una de dos, o Dios es real o lo es el ego, ya que no puede haber ningún tipo de consenso o transigencia entre la verdad y la ilusión. Por lo tanto elijo o bien la alegría/júbilo de Dios, o bien el dolor del ego. El título nos recuerda también que se trata de una elección —entre la perdonadora mentalidad correcta del Espíritu Santo, que es la fuente de la alegría, y la mentalidad errada del ego, del pecado, la culpa y el miedo, la causa del dolor. En esta lección vamos a ver también una exposición de la relación mente-mundo. 

(1.1-4) El dolor es una perspectiva errónea. Cuando se experimenta en cualquier forma que sea, es señal de que nos hemos engañado a nosotros mismos. El dolor no es un hecho en absoluto. Sea cual sea la forma que adopte, desaparece una vez que se percibe correctamente. 

El dolor no es del cuerpo, sin embargo es obvio que se experimenta ahí. El dolor proviene de nuestra creencia errónea de que el pecado es real. Cuando se cambia esta creencia, la fuente del dolor es deshecha. No hay más identificación con el cuerpo, y al darnos cuenta de que estamos fuera del sueño, no podemos sentir dolor. La culpa que no queremos reconocer en la mente —el centro neurálgico del dolor— la experimentamos en el cuerpo, porque ese es el ser que creemos que somos. No creemos ser una mente pecaminosa, sino que creemos ser un cuerpo, el almacén de la culpa que se manifiesta como dolor. Esta perspectiva errónea —que Jesús llama "confusión de niveles" en el Texto [en los capítulos 1 y 2, por ejemplo en T.1.I.23.2 o en T.2.IV.2.2 y varias veces más en el capítulo 2] — es explicada en este pasaje citado anteriormente:

Un paso importante en el plan de la Expiación es deshacer el error en todos los niveles. La enfermedad o "mentalidad-no-recta" es el resultado de una confusión de niveles, pues siempre comporta la creencia de que lo que está mal en un nivel puede afectar adversamente a otro. Nos hemos referido a los milagros como un medio de corregir la confusión de niveles, ya que todos los errores tienen que corregirse en el mismo nivel en que se originaron. Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivocadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso. (T.2.IV.2.1-5) (Págs. 24 y 25)

Como ahora vemos, el ego usa esta confusión de niveles para enseñarnos que el dolor es nuestro merecido debido a nuestro pecado contra Dios —es decir, que nos merecemos ser castigados por Él. 

(1.5-7) Pues el dolor proclama que Dios es cruel. ¿Cómo podría entonces ser real en cualquiera de las formas que adopta? El dolor da testimonio del odio que Dios el Padre le tiene a Su Hijo, de la pecaminosidad que ve en él y de Su demente deseo de venganza y de muerte. 

No hace falta decir que este no es el Dios real, sino el producto final del sistema de pensamiento de culpa y dolor del ego: el dolor es la sombra de la culpa, el efecto de la creencia del ego en la separación. Su causa radica en la afirmación de mi pecado contra el Creador, con el fin de existir como un ser especial. La culpa proveniente de este pecado me induce a proyectarla sobre Dios, haciendo de Él un asesino en lugar de serlo yo: Suya es la Mente repleta de odio; Suya es la venganza sobre mi yo inocente. Por lo tanto el dolor proclama el cruel castigo de Dios por nuestros pecados, como vemos en estos pasajes familiares: 

El pecado exige castigo (...). 

El pecado es la proclamación de que el ataque es real y de que la culpabilidad está justificada. Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable, y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo que Dios no creó. De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. 

(...) Pues ésa es su realidad: la "verdad" de la que nunca se podrá escapar. (...) Pues de alguna manera se las ha arreglado para corromper a su Padre y hacerle cambiar de parecer por completo. ¡Llora, pues, la muerte de Dios, a Quien el pecado asesinó! (T.19.II.1.6; 2.3-5; 7.3, 5-6) (Págs. 447, 448 y 449)

No hay manera de liberarse o escapar. La Expiación se convierte en un mito, y lo que la Voluntad de Dios dispone es la venganza, no el perdón. Desde allí donde todo esto se origina, no se ve nada que pueda ser realmente una ayuda. Sólo la destrucción puede ser el resultado final. Y Dios Mismo parece estar poniéndose de parte de ello para derrotar a Su Hijo. (T.23.II.8.1-5) (Pág. 549)

(2.1-4) ¿Es posible acaso dar fe de semejantes proyecciones? ¿Qué podrían ser sino falsedades? El dolor no es sino un testigo de los errores del Hijo con respecto a lo que él cree ser. Es un sueño de una encarnizada represalia por un crimen que no pudo haberse cometido; por un ataque contra lo que es completamente inexpugnable. 

¿Realmente podemos corroborar la creencia de que nosotros pecamos contra Dios, abandonándoLe y haciendo que Él se volviera cruel y lleno de odio? Sin embargo eso es lo que intenta hacer el dolor, diciéndonos que cometimos el inconfesable pecado de destruir a Dios y a Cristo, aunque en realidad Ambos son inatacables e invulnerables. Nuestras locas creencias van un paso más allá, a medida que tememos la justificada represalia de Dios. Así que Jesús nos dice otra vez que el dolor no tiene nada que ver con la experiencia del cuerpo, al ser solamente la pesadilla de una mente equivocada, tal como sigue: 

(2.5) Es una pesadilla de que hemos sido abandonados por el Amor Eterno, el cual jamás habría podido abandonar al Hijo que creó como fruto de Su Amor.

Al proyectar el pensamiento de que he abandonado a Dios, el resultado es que creo que es Dios Quien me ha abandonado a mí. La verdad del principio de la Expiación es que esto es un sueño inútil porque el abandono es imposible, tal como se concluye "Canción a mi Ser" de Helen:

Nunca abandoné la casa de mi Padre. ¿Qué necesidad
tengo de viajar de regreso otra vez hacia Él?
(The Gifts of God, p. 38)

Y esta clara afirmación de que el abandono es una proyección: 

Los que creen en la separación tienen un miedo básico a las represalias y al abandono. (...) Estas ideas descabelladas son claramente el resultado de la disociación y la proyección. (T.6.V.B.1.1,3) (Pág. 117)

Pero ahora la verdad de la Expiación: 

Por razón del Amor que tu Padre te profesa, nunca podrás olvidarte de Él, pues nadie puede olvidar lo que Dios Mismo puso en su memoria. Puedes negarlo, pero no puedes perderlo. (...) Dios quiere que te reconcilies contigo mismo, y no te abandonó en tu desolación. (...) Su recuerdo, sin embargo, brilla en tu mente y no puede ser borrado. (T.12.VIII.4.1-2, 5, 7) (Pág. 259)

(3.1-2) El dolor es señal de que las ilusiones reinan en lugar de la verdad. Demuestra que Dios ha sido negado, confundido con el miedo, percibido como demente y considerado como un traidor a Sí Mismo. 

Aquí podemos apreciar nuevamente un reflejo de la segunda y la tercera ley del caos (T.23.II.4-8), las cuales describen este componente demente del demente sistema de pensamiento del ego. 

(3.3-4) Si Dios es real, el dolor no existe. Mas si el dolor es real, entonces es Dios Quien no existe. 

Esto es un ejemplo sobresaliente del "o esto o lo otro" tan característico del no-dualismo de Un Curso de Milagros. Si Dios es real, la separación nunca sucedió —no hay pecado, ni culpa, ni castigo, y por lo tanto no hay dolor. Por otro lado, si el dolor es real entonces Dios ha sido asesinado, lo cual significa que no hay Dios. Así que hicimos un cuerpo que siente el dolor que es fundamental para la existencia de todos: el dolor psicológico de la depresión o la ansiedad debido a que no conseguimos lo que deseamos, o el dolor físico de un cuerpo que no funciona correctamente. Recuerda, este es nuestro sueño, y todo en él es intencional. Hicimos un cuerpo que es muy vulnerable al dolor, para así probar que tenemos razón y que Dios está equivocado; nosotros vivimos y Dios no. A pesar de que el dolor es horrible, nuestra mentalidad errada se deleita en él porque eso apoya nuestra tesis: "¿Cómo puede mi cuerpo ser una ilusión? ¿Cómo puede este Curso ser cierto? Mira cómo mis seres queridos y yo nos lastimamos. Mira cuánta maldad hay en este mundo". Nos olvidamos de que todo esto son figuras oníricas que tratan de entender el sueño, ¿pero cómo podría una ilusión entender nada? Así que Jesús nos pide que sopesemos por qué le suplicamos al ego —que no sabe nada de la realidad— que nos instruya sobre ella. Estamos muy seguros de que estamos en lo cierto, sin embargo es solo nuestro ego quien está convencido, haciendo que el cuerpo pruebe ser lo único confiable para determinar la verdad. Veamos este pasaje que explica el propósito al cual sirven el dolor y el cuerpo de silenciar la Voz del Espíritu Santo:

El dolor demuestra que el cuerpo no puede sino ser real. Es una voz estridente y ensordecedora, cuyos alaridos tratan de ahogar lo que el Espíritu Santo dice e impedir que Sus palabras lleguen hasta tu conciencia. El dolor exige atención, quitándosela así al Espíritu Santo y centrándola en sí mismo. (T.27.VI.1.1-3) (Pág. 652)

(3.5-7) Pues la venganza no forma parte del amor. Y el miedo, negando el amor y valiéndose del dolor para probar que Dios está muerto, ha demostrado que la muerte ha triunfado sobre la vida. El cuerpo es el Hijo de Dios, corruptible en la muerte y tan mortal como el Padre al que ha asesinado. 

Cuando reconocemos lo que el cuerpo hace, eso debería hacernos reflexionar, al entender el sistema de pensamiento que subyace a nuestra obsesión con el cuerpo y la inversión que hacemos para mantener su realidad. Es importante ver el propósito del cuerpo, no solo desde un punto de vista metafísico, sino también desde el punto de vista de nuestra vida personal. El hecho de que hacemos de nuestro cuerpo y del cuerpo de los demás nuestro foco de atención casi exclusivo es un hecho significativo, pues nada sucede de manera accidental. Elegimos el cuerpo, pero para un propósito que nos ocultamos a nosotros mismos. Tal como el siguiente pasaje del segundo obstáculo para la paz sugiere, el placer y el dolor tienen un mismo propósito: hacer el cuerpo real, lo que demuestra la pecaminosa realidad de la separación: 

El cuerpo no puede proporcionarte ni paz ni desasosiego, ni alegría ni dolor. Es un medio, no un fin. De por sí no tiene ningún propósito, sino sólo el que se le atribuye. El cuerpo parecerá ser aquello que constituya el medio para alcanzar el objetivo que tú le asignes. Sólo la mente puede fijar propósitos, y sólo la mente puede discernir los medios necesarios para su logro, así como justificar su uso. (...) 

Es imposible tratar de obtener placer a través del cuerpo y no hallar dolor. Es esencial que esta relación se entienda, ya que el ego la considera la prueba del pecado. (...) Pero sí es el resultado inevitable de equipararte con el cuerpo, lo cual es la invitación al dolor. (...)

(...) Regido por esta percepción, el cuerpo se convierte en el siervo del dolor, lo persigue con un gran sentido del deber y acata la idea de que el dolor es placer. Ésta es la idea que subyace a la excesiva importancia que el ego le atribuye al cuerpo. Y mantiene oculta esta relación demente, si bien, se nutre de ella. (...) (T.19.IV.B.i.10.4-8; 12.1-2, 4; 13.4-6) (Págs. 462 y 463)

A lo largo de tus preocupaciones cotidianas con el cuerpo, no te sientas culpable ni cambies lo que estás pensando; simplemente sé consciente del propósito del ego y de cuán astutamente el cuerpo lo sigue. 

(4.1-2) ¡Que la paz ponga fin a semejantes necedades! Ha llegado el momento de reírse de ideas tan absurdas. 

Nuestra locura radica en creer que somos cuerpos que pueden morir, tras haber matado a Dios primero. Podemos reírnos de eso, pero solo cuando nos encontramos fuera del sueño. Dentro del sueño la vida del cuerpo es trágica, dolorosa y grave, pero unidos a Jesús podemos sonreír amablemente ante sus actividades. Recordemos este importantísimo pasaje sobre la necesidad que tenemos de reírnos de la idea loca de la separación: 

Una diminuta y alocada idea, de la que el Hijo de Dios olvidó reírse, se adentró en la eternidad, donde todo es uno. A causa de su olvido ese pensamiento se convirtió en una idea seria, capaz de lograr algo, así como de tener efectos reales. Juntos podemos hacer desaparecer ambas cosas riéndonos de ellas, y darnos cuenta de que el tiempo no puede afectar a la eternidad. Es motivo de risa pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad, cuando lo que ésta significa es que el tiempo no existe. (T.27.VIII.6.2-5) (Pág. 660)

(4.3-4) No es necesario pensar en ellas como si fuesen crímenes atroces o pecados secretos de graves consecuencias. ¿Quién sino un loco podría pensar que son la causa de algo? 

En secreto albergamos la creencia de que matamos a Dios para que nosotros pudiéramos vivir. Jesús nos pide ahora que traigamos este pensamiento demente a campo abierto, y cuestionemos si un pensamiento así de loco podría jamás causar nada. Nosotros creemos que esa diminuta y alocada idea causó el cuerpo y su dolor, pero si examinamos ese pensamiento —y esto lo podemos hacer gracias a nuestra relación con Jesús— nos daremos cuenta de su incapacidad para producir nada. ¿Quién podría olvidar el siguiente maravilloso pasaje sobre la insignificancia del egoico ratoncito del miedo?: 

¡Cuán débil es el miedo! ¡Cuán ínfimo e insensato! ¡Cuán insignificante ante la silenciosa fortaleza de aquellos a quienes el amor ha unido! Tal es tu "enemigo": un ratoncillo asustado que pretende enfrentarse al universo. ¿Qué probabilidades tiene de ganar? ¿Sería acaso difícil ignorar sus débiles chillidos que pregonan su omnipotencia y quieren ahogar el himno de alabanza al Creador que perpetuamente y cual una sola voz entonan todos los corazones del universo? ¿Qué es más fuerte, ese ratoncillo o todo lo que Dios creó? (...) 

(...) No os dejéis engañar por la ilusión de tamaño, espesor, peso, solidez y firmeza de cimientos que ello presenta. Es verdad que para los ojos físicos parece ser un cuerpo enorme y sólido, y tan inamovible como una montaña. Sin embargo, dentro de ti hay una Fuerza que ninguna ilusión puede resistir. Este cuerpo tan solo parece ser inamovible, pero esa Fuerza es realmente irresistible. ¿Qué ocurre, entonces, cuando se encuentran? ¿Se puede seguir defendiendo la ilusión de inamovilidad por mucho más tiempo contra lo que calladamente la atraviesa y la pasa de largo? (T.22.V.4.1-7; 5.2-7) (Págs. 536 y 537)

La locura de la ilusión, al ser llevada a la verdad, no puede hacer otra cosa que desaparecer en su propia nada.

(4.5) Su testigo, el dolor, es tan demente como ellas, y no se debe tener más miedo de él que de las dementes ilusiones a las que ampara, y que trata de demostrar que no pueden sino seguir siendo verdad. 

Aquí vemos otra alusión al doble escudo [nota de Toni: recordemos una de las alusiones de este tema en L.136.5.2: "Mas puedes recordar lo que has olvidado, si estás dispuesto a reconsiderar la decisión que se encuentra doblemente sellada en el olvido"]. El dolor corporal es el escudo que usa el ego para protegernos del dolor de la culpa de la mente. Esta culpa es ilusoria, y por lo tanto sus sombras —el cuerpo y el dolor— han de ser ilusorios también. Sin embargo no podemos saber esto hasta que salimos del sueño con Jesús y lo miramos con él. Al darnos cuenta de que nuestra vida de especialismo no funciona, eso nos impulsa a pedirle ayuda a Jesús. Lo que pensábamos que nos daría felicidad, placer y plenitud nos ha fallado, mientras que el perdón es lo único que tiene el poder de deshacer la aparente solidez del sueño de separación y dolor del ego: 

Nunca te olvides de que cuando sientes surgir la necesidad de defenderte de algo es que te has identificado a ti mismo con una ilusión. Consecuentemente, crees ser débil porque estás solo. Ése es el costo de todas las ilusiones. No hay ninguna que no esté basada en la creencia de que estás separado; ninguna que no parezca interponerse, densa, sólida e inamovible, entre tu hermano y tú; ni ninguna que la verdad no pueda pasar por alto felizmente y con tal facilidad, que tienes que quedar convencido de que no es nada, a pesar de lo que pensabas que era. Si perdonas a tu hermano, esto es lo que inevitablemente sucederá. Pues es tu renuencia a pasar por alto aquello que parece interponerse entre vosotros lo que hace que parezca impenetrable y lo que defiende la ilusión de su inamovilidad. (T.22.V.6) (Pág. 537)

Los párrafos siguientes destacan la importante relación que hay entre la mente y el mundo: 

(5.1-6) Son únicamente tus pensamientos los que te causan dolor. Nada externo a tu mente puede herirte o hacerte daño en modo alguno. No hay causa más allá de ti mismo que pueda abatirse sobre ti y oprimirte. Nadie, excepto tú mismo, puede afectarte. No hay nada en el mundo capaz de hacerte enfermar, de entristecerte o de debilitarte. Eres tú el que tiene el poder de dominar todas las cosas que ves reconociendo simplemente lo que eres. 

Ya hemos visto este pensamiento muchas veces anteriormente. Si sientes dolor de cualquier forma que sea, entonces eso te permite saber que elegiste al ego como tu maestro, junto con su interpretación de que son los otros los responsables: ellos permitieron que te derrumbaras, te traicionaron, te hicieron daño, te mintieron, o hicieron que enfermases. Tú merecías tener tus necesidades cubiertas, pero no fue así y por lo tanto te sientes deprimido. Únicamente cuando te des cuenta de que eres el soñador de tu sueño es cuando todo parecerá diferente. Sin embargo debes renunciar a tu inversión en tener razón con respecto a tus percepciones. De lo contrario tu llamada a Jesús no haría otra cosa que reforzar tu interpretación del sueño, por lo cual a largo plazo no es útil pedirle cosas específicas. En lugar de reforzar tu vida como una figura en un sueño, lo que necesitas es volver a la mente que es la fuente del sueño. Recordemos estas palabras tan familiares: 

No importa cuál parezca ser la causa de cualquier dolor o sufrimiento que sientas, eso sigue siendo verdad [sigue siendo verdad que "eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo"]. Pues no reaccionarías en absoluto ante las figuras de un sueño si supieses que eres tú el que lo está soñando. No importa cuán odiosas y cuán depravadas sean, no podrían tener efectos sobre ti a no ser que no te dieses cuenta de que se trata tan sólo de tu propio sueño. (T.27.VIII.10.4-6) (Pág. 661)

(5.7-8) Conforme percibas su inocuidad, ellas aceptarán como suya tu santa voluntad. Y lo que antes inspiraba miedo se convierte ahora en una fuente de inocencia y santidad. 

A medida que sanes, tu cordura se extiende, llamando a los demás a elegir de nuevo. Recuerda que tu función como maestro de Dios no tiene nada que ver con las palabras ni con la conducta, sino simplemente con la paz que sientes dentro de ti mismo. Puesto que las mentes están unidas, esa paz abarca a todas las cosas vivientes, llamándolas a la inocencia y santidad que tú muestras ahora. 

(6.1-3) Santo hermano mío, piensa en esto por un momento: el mundo que ves no hace nada. No tiene efectos. No es otra cosa que la representación de tus pensamientos. 

Nuestros pensamientos son la causa de todo en este mundo —tanto en el nivel metafísico del único Hijo que es quien inventa el mundo, como también en el nivel de nuestros sueños individuales. Las siguientes líneas sobre la causa ilusoria que produce efectos ilusorios —y por lo tanto no existentes— nos resultan familiares: 

Hace mucho que este mundo desapareció. Los pensamientos que lo originaron ya no se encuentran en la mente que los concibió y los amó por un breve lapso de tiempo. El milagro no hace sino mostrar que el pasado ya pasó, y que lo que realmente ya pasó no puede tener efectos. Recordar la causa de algo tan sólo puede dar lugar a ilusiones de su presencia, pero no puede producir efectos. 

Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuencias, pues se quedaron sin causa. (T.28.I.1.6-9; 2.1-3) (Pág. 663)

(6.4) Y será completamente distinto cuando elijas cambiar de parecer y decidas que lo que realmente deseas es el júbilo de Dios. 

El mundo no cambia literalmente, así como el mundo físico no cambió porque Jesús apareciese aquí. Después de que Jesús se fue, el mundo siguió siendo tan odioso y cruel como lo era antes de que él viniera. Lo que cambia es la percepción del mundo, o sea, la manera en que la mente lo interpreta. Cuando nuestra mente ha cambiado completamente, hemos alcanzado el mundo real. Este no es un lugar donde el césped es perfecto todo el año y el clima constantemente templado, sino un estado mental en el cual la luz brilla constantemente, independientemente de la oscuridad del ego que rodea el mundo: 

Este mundo de luz, este círculo de luminosidad es el mundo real, donde la culpabilidad se topa con el perdón. Ahí el mundo exterior se ve con ojos nuevos, libre de toda sombra de culpabilidad. Aquí te encuentras perdonado, pues aquí has perdonado a todo el mundo. He aquí la nueva percepción donde todo es luminoso y brilla con inocencia, donde todo ha sido purificado en las aguas del perdón y se encuentra libre de cualquier pensamiento maligno que jamás hayas proyectado sobre él. Ahí no se ataca al Hijo de Dios, y a ti se te da la bienvenida. Ahí se encuentra tu inocencia, esperando para envolverte, protegerte y prepararte para el paso final de tu viaje interno. Ahí se dejan de lado los sombríos y pesados cortinajes de la culpabilidad, los cuales quedan dulcemente reemplazados por la pureza y el amor. (T.18.IX.9) (Pág. 440)

(6.5) Tu Ser se alza radiante en este santo júbilo, inalterado e inalterable por siempre jamás. 

Nada cambia en realidad; solo tu creencia en el ego. El Ser que somos como un Pensamiento de Dios permanece inmutable y eterno, como vemos en este hermoso pasaje frecuentemente citado: 

Los Pensamientos de Dios están mucho más allá de cualquier posibilidad de cambio y su resplandor es eterno. No están esperando a nacer, sino a que se les dé la bienvenida y se les recuerde. El Pensamiento que Dios abriga de ti es como una estrella inmutable en un firmamento eterno. Se encuentra tan alto en el Cielo que aquellos que se encuentran fuera del Cielo no saben que está allí. No obstante, brillará por toda la eternidad sereno, puro y hermoso. En ningún momento ha dejado de estar allí, ni ha habido jamás un instante en que su luz se haya atenuado o haya perdido su perfección. (T.30.III.8) (Pág. 712)

(6.6) ¿Le negarías a un pequeño rincón de tu mente su propia herencia y lo conservarías como hospital para el dolor, como un lugar enfermizo a donde toda cosa viviente tiene que venir finalmente a morir? 

El mundo es un lugar en el cual el cuerpo existe como un "hospital para el dolor". Jesús nos ruega: "¿Es esta zona vallada de tu mente lo que quieres que sea tu hogar? ¿Es el cuerpo el reino que elegirías, a pesar de que en lugar de eso puedes compartir la herencia del Cielo?". 

El cuerpo es una diminuta cerca que rodea a una pequeña parte de una idea que es completa y gloriosa. El cuerpo traza un círculo, infinitamente pequeño, alrededor de un minúsculo segmento del Cielo, lo separa del resto, y proclama que tu reino se encuentra dentro de él, donde Dios no puede hacer acto de presencia. 

Dentro de ese reino el ego rige cruelmente. Y para defender esa pequeña mota de polvo te ordena luchar contra todo el universo. (...) 

Tal es la extraña situación en la que parecen hallarse aquellos que viven en un mundo habitado por cuerpos. Cada cuerpo parece ser el albergue de una mente separada, de un pensamiento desconectado del resto, que vive solo y que de ningún modo está unido al Pensamiento mediante el cual fue creado. Cada diminuto fragmento parece ser autónomo, y necesitar a otros para algunas cosas, pero sin ser en modo alguno completamente dependiente para todo de su único Creador, ya que necesita la totalidad para poder tener algún significado, pues por sí solo no significa nada. (T.18.VIII.2.5-6; 3.1-2; 5.1-3) (Pág. 435)

(7.1-2) Tal vez parezca que el mundo te causa dolor. Sin embargo, al no tener causa, no tiene el poder de ser la causa de nada. 

Estas importantes ideas de la causa y el efecto las trata Jesús con mayor profundidad en las secciones finales del capítulo 27 y en las primeras secciones del capítulo 28 del Texto. De hecho se trata de un tema importante a lo largo de todo Un Curso de Milagros, un tema fundamental para su sistema de pensamiento del perdón. La causa del mundo es nuestra creencia en la realidad del pecado, pero el pecado al ser ilusorio no existe, por lo que no puede ser una causa, lo cual significa que el mundo no existe. Siendo así, el mundo no causa el dolor. Fuera del sueño, al unirnos con el amor de Jesús, deshacemos la separación que causó el mundo del sufrimiento. No obstante, el dolor únicamente existe dentro de la ilusión y en el instante santo ha desaparecido, cuando compartimos la sonrisa feliz de la cordura de Jesús: 

Toda enfermedad tiene su origen en la separación. Cuando se niega la separación, la enfermedad desaparece. Pues desaparece tan pronto como la idea que la produjo es sanada y reemplazada por la cordura. Al pecado y a la enfermedad se les considera causa y consecuencia respectivamente, en una relación que se mantiene oculta de la conciencia a fin de mantenerla excluida de la luz de la razón. (T.26.VII.2) (Pág. 622)

De manera que traemos la oscuridad de nuestro dolor a la luz de la verdad, y somos sanados. 

(7.3-5) Al ser un efecto, no puede producir efectos. Al ser una ilusión, es lo que tú deseas que sea. Tus vanos deseos constituyen sus pesares. 

El mundo representa nuestro vano deseo de estar separados del Hijo de Dios, lo cual nos lleva a creer que somos cuerpos que pueden sufrir dolor. Este deseo es "vano" porque no va a ningún lado ni hace nada, lo cual es otra declaración del principio de Expiación del Espíritu Santo. 

(7.6-7) Tus extraños anhelos dan lugar a sus sueños de maldad. Tus pensamientos de muerte lo envuelven con miedo, mientras que en tu benévolo perdón halla vida. 

Ninguna cosa del mundo tiene realidad. Al decir "en tu benévolo perdón halla vida", Jesús no quiere decir que el perdón infunda vida al mundo, sino más bien que el mundo perdonado o mundo real refleja la Vida de Dios. Estar en el mundo real refleja por lo tanto nuestra vida como Cristo, en la que nuestros sueños de muerte desaparecen apaciblemente.

(8.1) El dolor es la forma en que se manifiesta el pensamiento del mal, causando estragos en tu mente santa. 

La experiencia del dolor corporal es una expresión en la forma del pensamiento de maldad que hay en mi mente: la creencia de que pequé contra Dios al destruirle para que yo pudiera vivir. 

(8.2) El dolor es el rescate que gustosamente has pagado para no ser libre. 

Esto nos dice que gustosamente sufrimos el dolor con el fin de demostrar que existimos, pagando gustosamente ese precio porque eso significa que Dios está equivocado y que nosotros tenemos razón. En otro contexto, Jesús dice: «La muerte les parece un precio razonable si con ello pueden decir: "Mírame hermano, por tu culpa muero"» (T.27.I.4.6). Sufrimos felizmente el dolor, la enfermedad, incluso la muerte, demostrando así que existimos y que algún otro es el responsable de ello. Sin embargo al hacer esto mostramos la voluntad de aprisionarnos a nosotros mismos en el sistema de pensamiento del ego de la culpa y el dolor, creyendo como locos que esto nos "libera" mediante el establecimiento de nuestra independencia de Dios. Así que confundimos el aprisionamiento con la libertad, tal como leemos en este importante pasaje: 

El ego trata de enseñarte que tu deseo es oponerte a la Voluntad de Dios. Esta lección antinatural no se puede aprender, y tratar de aprenderla viola tu libertad (...). El Espíritu Santo se opone a cualquier forma de aprisionamiento de la voluntad de un Hijo de Dios porque sabe que la voluntad del Hijo es la Voluntad del Padre. (...) 

Hemos dicho que el Espíritu Santo te enseña la diferencia que existe entre el dolor y la dicha. Eso es lo mismo que decir que te enseña la diferencia que hay entre estar aprisionado y ser libre. No puedes hacer esta distinción sin Él porque te has enseñado a ti mismo que el aprisionamiento es libertad. ¿Cómo ibas a poder distinguir entre una cosa y otra cuando crees que ambas son lo mismo? ¿Cómo ibas a poder pedirle a la parte de tu mente que te enseñó a creer que son lo mismo que te enseñase de qué manera son diferentes? (T.8.II.4.1-3; 5) (Pág. 155 y 156)

(8.3-5) En el dolor se le niega a Dios el Hijo que Él ama. En el dolor el miedo parece triunfar sobre el amor, y el tiempo reemplazar a la eternidad y al Cielo. Y el mundo se convierte en un lugar amargo y cruel, donde reina el pesar y donde los pequeños gozos sucumben ante la embestida del dolor salvaje que aguarda para trocar toda alegría en sufrimiento. 

Todos tenemos nuestras "pequeñas alegrías" a lo largo de la vida, pero al final tenemos que afrontar "la embestida del dolor salvaje": todos morimos. Jesús nos pregunta a menudo que por qué querríamos hacer de esto nuestra realidad y nuestra verdad. "Aparte del hecho de que no es verdad" —señala— "ello te hace muy infeliz. Sin embargo, si no eliges otra cosa que separarte de tu deseo de ser especial, te garantizo tu felicidad. Pero primero has de reconocer que no estás sacrificando nada para ser feliz". Todos hemos aprendido, sea en un contexto religioso o no, que para ser felices tenemos que estar dispuestos a hacer sacrificios y afrontar pérdidas —como dice el refrán, sin dolor no hay recompensa [o: sin dolor no hay ganancia. En español hay un refrán, "Para presumir hay que sufrir", que aunque se refiere sobre todo a la vestimenta, puede usarse también en general]. Jesús nos está pidiendo que cuestionemos la validez de este principio demente. 

(9.1) Rinde tus armas y ven sin defensas al sereno lugar donde por fin la paz del Cielo envuelve todas las cosas en la quietud. 

El lugar sereno es nuestra mente correcta, donde Jesús y el Espíritu Santo tienen Su hogar —el "lugar de reposo" y el "centro tranquilo" son descripciones que Jesús usa en el Texto (T.18.VII.7-8). Rendir nuestras armas es rendir nuestras defensas: el doble escudo del especialismo y el pecado. 

(9.2-4) Abandona todo pensamiento de miedo y de peligro. No permitas que el ataque entre contigo. Depón la cruel espada del juicio que apuntas contra tu propio cuello, y deja a un lado las devastadoras acometidas con las que procuras ocultar tu santidad. 

En otras palabras, puede parecer que estamos juzgando a otros y blandiendo la espada contra sus gargantas, pero al final es a nosotros mismos a quienes estamos condenando. Para darnos cuenta de este hecho, solo necesitamos retroceder y decir: "Gracias a Dios que yo estaba equivocado, y gracias a Dios que hay un Maestro que sabe la verdad y amablemente me ayuda a ver la infelicidad que me he procurado a mí mismo. Feliz y agradecidamente le entrego a Su amor sanador mis errores de la separación y de desear ser especial".

(10) Así entenderás que el dolor no existe. Así el júbilo de Dios se vuelve tuyo. Éste es el día en que te es dado comprender plenamente la lección que encierra dentro de sí todo el poder de la salvación: el dolor es una ilusión; el júbilo es real. El dolor es dormir; el júbilo, despertar. El dolor es un engaño, y sólo el júbilo es verdad. 

Volviendo en el instante santo a la parte de nuestras mentes que toma decisiones, elegimos contra las mentiras del ego, y a medida que reconocemos que elegir la mente errada no nos hace felices vamos entendiendo que el dolor no existe. Sin embargo, antes de que podamos elegir el júbilo de Dios, tenemos que entender primero que elegimos el dolor como un medio para mantenernos dormidos y para engañarnos a nosotros mismos con respecto a quiénes somos, pues el dolor nos mantiene lejos del Cielo y de nuestro Ser. Tenemos que tener esto tan claro como sea posible, y luego preguntar si es esto lo que verdaderamente queremos. La respuesta del ego por supuesto que es: "¡Sí, esto es exactamente lo que queremos!". La serena respuesta de Jesús es el milagro —la elección de la alegría en lugar del dolor: 

Los milagros están en armonía con la Voluntad de Dios, la cual tú no conoces porque estás confundido con respecto a lo que tú dispones. Esto significa que estás confundido con respecto a lo que eres. Si eres la Voluntad de Dios, y no aceptas Su Voluntad, estás negando la dicha. El milagro es, por lo tanto, una lección acerca de lo que es la dicha. Por tratarse de una lección acerca de cómo compartir es una lección de amor, que es a su vez dicha. Todo milagro es, pues, una lección acerca de lo que es la verdad, y al ofrecer lo que es verdad estás aprendiendo a distinguir entre la dicha y el dolor. (T.7.X.8) (Pág. 150)

(11) Por lo tanto, volvemos nuevamente a optar por la única alternativa que jamás se puede elegir, ya que sólo elegimos entre las ilusiones y la verdad, entre el dolor y el júbilo, entre el infierno y el Cielo. Que la gratitud hacia nuestro Maestro invada nuestros corazones, pues somos libres de elegir nuestro júbilo en vez de dolor, nuestra santidad en vez de pecado, la paz de Dios en vez de conflicto y la luz del Cielo en lugar de las tinieblas del mundo. 

Debes ver la claridad de la elección: Dios o el ego, sin lugar para concesiones. A medida que transcurre el día trata de mantenerte consciente de cómo eliges activamente contra la paz y el júbilo de Dios porque quieres tener razón acerca de tu ser. Esfuérzate por alcanzar el lugar interior de humildad que dice, de nuevo: "Gracias a Dios que yo estaba equivocado y que hay Alguien para corregirme y llevarme a casa". Es difícil ser honestos con nuestra arrogancia obstinada, pero en algún momento tenemos que experimentar gratitud por el hecho de que Aquel cuya verdad nunca ha cambiado nos demuestre que habíamos estado equivocados. Cerramos la lección con esta gozosa exclamación de gratitud de Jesús, que nos llama para unirnos en su todo-abarcador coro al Amor de Dios:

Mi mano se extiende en gozosa bienvenida a todo hermano que quiera unirse a mí para ir más allá de la tentación, y mirar con firme determinación hacia la luz que brilla con perfecta constancia más allá de ella. Dame los míos, pues te pertenecen a Ti. ¿Y podrías Tú dejar de hacer lo que es Tu Voluntad? Te doy las gracias por lo que mis hermanos son. Y según cada uno de ellos elija unirse a mí, el himno de gratitud que se extiende desde la tierra hasta el Cielo se convertirá, de unas cuantas notas sueltas, en un coro todo-abarcador, que brota de un mundo redimido del infierno y que te da las gracias a Ti. (T.31.VIII.11) (Pág. 754)

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Fuente: Journey Through the Workbook of a Course in Miracles, de Ken Wapnick.

Índice de capítulos traducidos en este blog, aquí: link-indice.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

L-189 Journey ... de Ken Wapnick

Como ya indiqué en el post índice, los comentarios de Ken Wapnick son los que he puesto en color verde:

Lección 189 — Siento el Amor de Dios dentro de mí ahora

Como mencioné al principio de la lección 188, esta lección también se centra en la luz. El mundo real —el reflejo de la luz del Cielo— es también un tema importante en esta lección.

(1.1-3) Hay una luz en ti que el mundo no puede percibir. Y con sus ojos no la podrás ver, pues estás cegado por él. No obstante, tienes ojos con los que poder verla. 

La verdad nunca puede ser vista a través de los ojos del cuerpo. Percibimos su luz cuando nos identificamos con el sistema de pensamiento de Jesús en lugar del nuestro propio, pues su visión es independiente de la vista física. En la lección anterior cité un pasaje que es la fuente de estas primeras líneas, y aquí repito sus primeras cinco frases que describen la luz del mundo real, el cual únicamente puede ser visto con el ojo de la mente sanada: 

Hay una luz que este mundo no puede dar. Mas tú puedes darla, tal como se te dio a ti. Y conforme la des, su resplandor te incitará a abandonar el mundo y a seguirla. Pues esta luz te atraerá como nada en este mundo puede hacerlo. Y tú desecharás este mundo y encontrarás otro. (T.13.VI.11.1-5) (Pág. 280)

De hecho, el propósito de los ojos del cuerpo era no ver la luz del perdón que anuncia el mundo real, la cual se encuentra a través de la visión de Cristo. 

(1.4-7) Está ahí para que la contemples. No se puso en ti para que se mantuviese oculta de tu vista. Esta luz es un reflejo del pensamiento con el que practicamos ahora. Sentir el Amor de Dios dentro de ti es ver el mundo renovado, radiante de inocencia, lleno de esperanza y bendecido con perfecta caridad y amor. 

El ego oculta la luz al hacer real la oscuridad de la culpa. Cuando pedimos ayuda para elegir en contra de lo irreal, nos permitimos a nosotros mismos "ver el mundo de nuevo" y alcanzar el mundo real. Jesús nos recuerda una vez más que este logro no depende de la conducta, pues es el simple resultado de liberar la mente de los pensamientos del ego. Al mirar el mundo desde fuera del sueño, nos damos cuenta de que lo que veíamos antes era ilusorio. Así que el mundo real llega a través de la aceptación de la corrección del Espíritu Santo —Su visión de nuestra eterna inocencia— que corrige nuestra visión durmiente que únicamente ve lo efímero:

La corrección es para todos aquellos que no pueden ver. La misión del Espíritu Santo es abrirles los ojos a los ciegos, pues Él sabe que no han perdido su visión, sino que simplemente duermen. Él los despertará del sueño del olvido y los llevará al recuerdo de Dios. Los ojos de Cristo están abiertos, y Él contemplará con amor todo lo que veas si aceptas Su visión como tuya. (...) 

(...) Él [Cristo] contempla serenamente el mundo real, que desea compartir contigo porque sabe que Su Padre lo ama. Y sabiendo esto, desea darte lo que es tuyo. (T.12.VI.4.1-4; 5.6-7) (Págs. 252 y 253)

(2.1-2) ¿Quién podría sentir temor en un mundo así? Dicho mundo te da la bienvenida, se regocija de que hayas venido y te canta alabanzas mientras te mantiene a salvo de cualquier peligro o dolor. 

Esto no quiere decir que no pueda suceder que alguien te ataque física o verbalmente. Simplemente quiere decir que lo que será atacado es la figura soñada, no el soñador. ¿Cómo podrías entonces ser herido? Análogamente, tú sueñas de noche que eres herido, y luego despiertas y te sientes perfectamente bien. Mientras dormías sentiste dolor, insultos e ira, pero fuera del sueño, tú —la mente tomadora-de-decisiones— te das cuenta de que la figura que sufría no eras tú, y por lo tanto, estando seguro en la cordura del amor de Dios, no experimentas dolor, peligro ni miedo de ningún tipo: 

La Voluntad de Dios es que nada, excepto Él Mismo, ejerza influencia sobre Su Hijo, y que nada más ni siquiera se aproxime a él. Su Hijo es tan inmune al dolor como lo es Él, Quien lo protege en toda situación. El mundo que le rodea refulge con amor porque Dios ubicó a Su Hijo en Sí Mismo donde no existe el dolor y donde el amor le rodea eterna e ininterrumpidamente. Su paz no puede ser perturbada. El Hijo de Dios contempla con perfecta cordura el amor que le rodea por todas partes y que se encuentra asimismo dentro de él. Y negará forzosamente el mundo del dolor en el instante en que se perciba rodeado por los brazos del amor. Y desde este enclave seguro mirará serenamente a su alrededor y reconocerá que el mundo es uno con él. (T.13.VII.7) (Pág. 282)

(2.3-6) Te ofrece un hogar cálido y tranquilo en el que permanecer por un tiempo. Te bendice a lo largo del día, y te cuida durante la noche, cual silencioso guardián de tu sueño santo. Ve en ti la salvación, y protege la luz que mora en ti, en la que ve la suya propia. Te ofrece sus flores y su nieve como muestra de agradecimiento por tu benevolencia. 

Este mundo —el mundo real— es el hogar que precede a nuestro despertar en el Cielo, hacia lo cual nos conduce suave y tranquilamente el Espíritu Santo: 

Siempre que te sientas tentado de emprender un viaje inútil que no haría sino alejarte de la luz, recuerda lo que realmente quieres, y di: 
El Espíritu Santo me conduce hasta Cristo, pues, ¿a qué otro sitio querría ir? ¿Qué otra necesidad tengo, salvo la de despertar en Él? 
Síguele luego lleno de júbilo, confiando en que Él te conducirá a salvo a través de todos los peligros que este mundo pueda presentar ante ti para alterar tu paz mental. (...) y no pierdas la calma, pues el viaje que estás emprendiendo hacia la paz de Dios, en cuya quietud Él quiere que estés, es un viaje sereno. (T.13.VII.14; 15.1,3) (Pág. 284)

(3.1-4) Éste es el mundo que el Amor de Dios revela. Es tan diferente del mundo que ves a través de los enturbiados ojos de la malicia y del miedo, que uno desmiente al otro. Sólo uno de ellos puede percibirse en absoluto. El otro no tiene ningún significado. 

Cuando estoy en un estado egoico, el mundo real es una ilusión y no significa nada. Sin embargo, en el mundo real el amor es mi única identidad y el mundo del ego no tiene sentido. Son estados mutuamente excluyentes —no puedes estar en la luz y en la oscuridad al mismo tiempo. Por lo tanto, la vista del ego ve lo que no está ahí, mientras que la visión de Cristo revela lo que está realmente ahí: 

Cuando hiciste que lo que no es verdad fuese visible, lo que es verdad se volvió invisible para ti. No obstante, de por sí no puede ser invisible, pues el Espíritu Santo lo ve con perfecta claridad. Es invisible para ti porque estás mirando a otra cosa. Mas no es a ti a quien le corresponde decidir lo que es visible y lo que es invisible, tal como tampoco te corresponde decidir lo que es la realidad. Lo que se puede ver es lo que el Espíritu Santo ve. (...) 

(...) Lo que no es real no es visible ni tiene valor. (...) Has hecho invisible la única verdad que este mundo encierra. (...) Al conferirle realidad a lo que no es nada, lo has visto. Pero no está ahí. Y Cristo es invisible a causa de lo que has hecho que sea visible para ti. 

Dios te dio el mundo real en amoroso intercambio por el mundo que tú construiste y que ves. Recíbelo simplemente de la mano de Cristo y contémplalo. Su realidad hará que todo lo demás sea invisible, pues contemplarlo es una percepción total. Y al contemplarlo recordarás que siempre fue así. Lo que no es nada se hará invisible, pues por fin habrás visto verdaderamente. (T.12.VIII.3.1-5; 6.2, 7, 9-11; 8.1-5) (Págs. 258, 259 y 260)

(3.5) A aquellos que ven surgir del ataque un mundo de odio listo para vengarse, asesinar y destruir, les resulta inconcebible la idea de un mundo en el que el perdón resplandece sobre todas las cosas y la paz ofrece su dulce luz a todo el mundo. 

Una percepción así de temerosa es inevitable una vez que crees estar separado. La culpa que procede de la creencia de que has destruido el Cielo tiene que ser proyectada afuera, y el resultado es que ves el pecado y el asesinato alrededor de ti, pero no en ti mismo. Esto da lugar a la "cara de inocencia", como leemos ahora: 

No se te puede culpar por lo que eres, ni tampoco puedes cambiar lo que ello te obliga a hacer. Tu hermano es para ti, pues, el símbolo de tus propios pecados, y lo condenas silenciosamente, aunque con tenaz insistencia, por esa cosa odiosa que eres. (T.31.V.6.7-8) (Pág. 741)

(4) Sin embargo, el mundo del odio es igualmente invisible e inconcebible para aquellos que sienten dentro de sí el Amor de Dios. Su mundo refleja la quietud y la paz que refulge en ellos; la tranquilidad y la inocencia que ven a su alrededor; la dicha con la que miran hacia afuera desde los inagotables manantiales de dicha en su interior. Contemplan lo que han sentido dentro de sí, y ven su inequívoco reflejo por todas partes. 

Es necesario recordar que Jesús está hablando únicamente de nuestro mundo interior. El maestro al que elegimos es la única cuestión, y el mundo real es la culminación de haber elegido al Maestro correcto. Si te ves a ti mismo como siendo vulnerable en un mundo hostil, rodeado de gente malvada, entonces sabes que has elegido al ego y que te has juzgado a ti mismo como merecedor de odio. Pero Cristo piensa de otra manera, mientras silenciosamente nos conduce a casa: 

Has estado equivocado con respecto al mundo porque te has juzgado erróneamente a ti mismo. ¿Qué podías haber visto desde un punto de vista tan distorsionado? Toda visión comienza con el que percibe, que es quien determina lo que es verdad y lo que es falso. Y no podrá ver lo que juzgue como falso. (...) Cristo sigue estando ahí, aunque no lo reconozcas. Su Ser no depende de que lo reconozcas. Él vive dentro de ti en el sereno presente, y está esperando a que abandones el pasado y entres en el mundo que te ofrece con amor. 

(...) ¡Cuán jubilosamente te muestra el camino el Amor! Y a medida que lo sigas, te regocijarás de haber encontrado Su compañía, y de haber aprendido de Él cómo regresar felizmente a tu hogar. (T.13.VII.5.1-4, 7-9; 6.3-4) (Págs. 281 y 282)

El valor del mundo consiste en ser un aula que refleja nuestra decisión equivocada, de modo que ahora podamos tomar la decisión correcta. Para lograr esto es necesario ser conscientes de cuántas veces no hemos querido elegir correctamente, y perdonarnos a nosotros mismos. 

(5) ¿Cuál de ellos quieres ver? Eres libre de elegir. Mas debes conocer la ley que rige toda visión y no dejar que tu mente se olvide de ella: contemplarás aquello que sientas en tu interior. Si el odio encuentra acogida en tu corazón, percibirás un mundo temible, atenazado cruelmente por las huesudas y afiladas garras de la muerte. Mas si sientes el Amor de Dios dentro de ti, contemplarás un mundo de misericordia y de amor. 

Puede que recuerdes a Jesús diciendo algo similar en "La simplicidad de la salvación": hay únicamente dos lecciones que podamos aprender, cada una de las cuales da lugar a un mundo diferente: 

El mundo que ves es el resultado inevitable de la lección que enseña que el Hijo de Dios es culpable. Es un mundo de terror y desesperación. En él no hay la más mínima esperanza de hallar felicidad. Ningún plan que puedas idear para tu seguridad tendrá jamás éxito. No puedes buscar dicha en él y esperar encontrarla. (...)

En el mundo que resulta de la lección que afirma que el Hijo de Dios es inocente no hay miedo, la esperanza lo ilumina todo y una gran afabilidad refulge por todas partes. (T.31.I.7.4-8; 8.1) (Pág. 729)

Este importante tema refleja uno de los principios clave de Un Curso de Milagros, que ya es bastante familiar para nosotros: la proyección da lugar a la percepción.

(6) Hoy pasamos de largo las ilusiones, según intentamos llegar hasta lo que es verdad en nosotros y sentir su infinita ternura, su Amor que sabe que somos tan perfectos como él mismo, y su visión, el don que su Amor nos ofrece. Hoy aprenderemos el camino, el cual es tan seguro como el Amor mismo, al que nos conduce. Pues su sencillez nos protege de las trampas que las descabelladas complicaciones del aparente razonar del mundo tienen como propósito ocultar. 

Pasamos de largo las ilusiones del ego al confiar en el Guía que nos llevará a casa. Así que seguimos a lo largo del silencioso camino, el título de este precioso poema de Helen: 

Elige de nuevo. Pues esto te es dado
para seguir el rastro de la paz de Dios a lo largo del mundo
sin excepción. Cada niño recibe
los regalos que traes, y los hombres y las mujeres se vuelven
hacia ti en señal de agradecimiento. Eres aceptado
con alegría en todas partes. Pues has llegado
únicamente para traer un llamamiento del Infinito
a aquellos que son tan infinitos como Él. 
Llegas con el recuerdo de Dios en ti, 
para despertar ese mismo recuerdo en aquellos
en quienes tal recuerdo parece dormitar. El mundo moriría
sin sus salvadores. No niegues, entonces,
tu lugar apropiado. Pues Cristo te ha llamado
para que Le sigas, y elijas el silencioso camino
que te trae la eternidad hoy. 
(The Gifts of God, p. 29)

Silenciar nuestros pensamientos es el camino, permitiendo que llegue el único Pensamiento: 

(7) Haz simplemente esto: permanece muy quedo y deja a un lado todos los pensamientos acerca de lo que tú eres y de lo que Dios es; todos los conceptos que hayas aprendido acerca del mundo; todas las imágenes que tienes acerca de ti mismo. Vacía tu mente de todo lo que ella piensa que es verdadero o falso, bueno o malo; de todo pensamiento que considere digno, así como de todas las ideas de las que se siente avergonzada. No conserves nada. No traigas contigo ni un solo pensamiento que el pasado te haya enseñado, ni ninguna creencia que, sea cual sea su procedencia, hayas aprendido con anterioridad. Olvídate de este mundo, olvídate de este curso, y con las manos completamente vacías, ve a tu Dios. 

Si queremos ir más allá de las ilusiones comenzamos por olvidar todo lo que pensamos, y permitiendo que Jesús nos enseñe de nuevo. Él nos pide que lo olvidemos todo porque hemos estado equivocados acerca de todo. "Solamente entonces" —nos dice, en efecto— "te darás cuenta de cuán en lo cierto estoy, y cuán en lo cierto estarás tú cuando te unas a mí. Deja ir el pasado y ven a mí con las manos completamente vacías. No me pidas que elimine un problema que tú has hecho real, sino que en lugar de eso deja que te enseñe el problema y su solución. Deja que te lleve a casa, y no decidas el camino por ti mismo. Por encima de todo, deja a un lado todo lo que jamás hayas aprendido sobre Dios y Su verdad —lo que te han enseñado, sea en la Biblia, en la sinagoga o en iglesias— y escúchame únicamente a mí". Recuerda esta declaración paralela mencionada cerca del final del Texto

Permanezcamos muy quedos por un instante y olvidémonos de todas las cosas que jamás hayamos aprendido, de todos los pensamientos que hayamos abrigado y de todas las ideas preconcebidas que tengamos acerca de lo que las cosas significan y de cuál es su propósito. Olvidémonos de nuestras propias ideas acerca del propósito del mundo, pues no lo sabemos. Dejemos que toda imagen que tengamos acerca de cualquier persona se desprenda de nuestras mentes y desaparezca. (T.31.I.12) (Pág. 730)

Este punto es reiterado desde aquí hasta el final de la lección. Por cierto, aunque las palabras de Jesús dicen que Dios nos lleva a casa, estrictamente hablando es el Espíritu Santo quien es nuestro Guía. 

(8.1-3) ¿No es acaso Él Quien sabe cómo llegar a ti? Tú no necesitas saber cómo llegar a Él. Tu papel consiste simplemente en permitir que todos los obstáculos que has interpuesto entre el Hijo de Dios y el Padre sean eliminados silenciosamente para siempre. 

Jesús nos dice muchas veces que nuestra única responsabilidad es aceptar la Expiación para nosotros mismos; elegir la corrección en lugar de lo que hicimos que fuese la verdad. No tenemos que saber lo que es Dios, ni el Amor, ni el camino a casa. Todo lo que necesitamos saber es que nuestra única función es observar al ego y pedir la ayuda de Jesús para dejarlo ir. De este modo nuestros obstáculos —basados todos ellos en el miedo— son llevados a su amor, como vemos en la sintetizadora declaración siguiente, de la sección de los cuatro obstáculos a la paz: 

Cada obstáculo que la paz debe superar se salva de la misma manera: el miedo que lo originó cede ante el amor que se encuentra detrás, y así desaparece el miedo. (...) Desde más allá de cada uno de los obstáculos que te impiden amar, el Amor Mismo ha llamado. Y cada uno de ellos ha sido superado mediante el poder de atracción que ejerce lo que se encuentra tras ellos. El hecho de que deseases el miedo era lo que hacía que pareciesen insuperables. Mas cuando oíste la Voz del Amor tras ellos, contestaste y ellos desaparecieron. (T.19.IV.D.5.1, 6-9) (Pág. 469)

(8.4-8) Dios hará lo que le corresponde hacer en gozosa e inmediata respuesta. Pide y recibirás. Mas no vengas con exigencias, ni le señales el Camino por donde Él debe aparecer ante ti. La manera de llegar a Él es simplemente dejando que Él sea lo que es. Pues de esa forma se proclama también tu realidad. 

Todo el mundo le pide cosas a Jesús: "Esto es lo que quiero de ti", o "He estudiado tu curso y he sido un fiel estudiante, y sin embargo no soy feliz. ¡Haz algo!". Nuestra relación con Jesús será como nuestra relación con cualquier otra autoridad: una relación a regañadientes, o quizá respetuosa pero también resentida porque las autoridades no siempre hacen lo que queremos que hagan. En cualquier relación con una autoridad hay una demanda subyacente: "tu propósito es hacernos felices y satisfacer nuestras necesidades" —en el caso de Jesús, llevarnos a casa. Así que él nos insta a que veamos las demandas que le haríamos a él o a Dios, y entonces las soltemos. Él no nos pide cambiar —que es lo que nosotros hicimos al principio al cambiar nuestra realidad, y por lo tanto la de Dios— sino que aceptemos la verdad de nosotros mismos y de nuestro Creador. Esto significa soltar la inversión que hicimos en los sustitutos de la verdad. 

El tema de fondo aquí es la humildad. Jesús quiere que me acerque humildemente a mi trabajo con Un Curso de Milagros y con él. La arrogancia dice que yo sé lo que es la salvación; yo sé lo que necesito, lo que me será de ayuda, lo que este curso dice, y lo que Jesús debería hacer por mí. La humildad dice que no entiendo nada, incluyendo Un Curso de Milagros, por el cual estoy felizmente agradecido. Por lo tanto nuestra arrogancia toma la forma de pedir ayuda específica para problemas específicos en satisfacer nuestras necesidades específicas, como si tal vez pudiésemos entender lo que ellas son —todas nuestras demandas están centradas en el cuerpo, el cual, como hemos visto repetidamente, fue fabricado para mantener el problema de la separación de la solución: fue diseñado para mantener el problema separado de la solución, o en otras palabras, para mantenernos alejados de la solución en la mente, siendo esa solución la Expiación. Ya hemos considerado un pasaje de El Canto de la Oración que aborda el problema de pedir ayuda específica. Aquí hay una exposición paralela que viene más adelante en el panfleto, en el contexto de dos personas que oran juntas: 

Incluso pueden pedir cosas juntos, y así dar lugar a la ilusión de que comparten una misma meta. (...) 

De modo que incluso unirse a otros no es suficiente, si los que oran juntos no preguntan, ante todo, cuál es la Voluntad de Dios. Sólo de esta Causa puede proceder la respuesta en la que todo lo específico se satisface, y todos los deseos particulares se unifican. Orar por cosas específicas es pedir que de alguna manera el pasado se repita. (...) El objetivo de la oración es liberar el presente de su encadenamiento a las ilusiones del pasado, y que la dejes ser un remedio que se escoge libremente para corregir cada elección errónea que se haya tomado. Lo que la oración puede ofrecer ahora excede en tal medida todo cuanto antes pedías que sería una lástima que te contentases con menos. 

(...) No restrinjas tu pedir. La oración puede traer la paz de Dios. ¿Qué cosa ligada al tiempo podría darte más que esto durante el breve lapso que perdura antes de desmoronarse en polvo? (O.1.IV.2.5; 3.1-3, 5-6; 4.3-5) (Págs. 17 y 18)

En otras palabras, al dejar a un lado nuestras demandas específicas, permitimos a Su Amor ser. ¿Quién que esté en su sano juicio [o en su mente recta] podría jamás desear alguna cosa más que el Todo? 

(9.1-3) Así pues, hoy no elegiremos el camino por el que vamos a Él. Pero sí elegimos dejar que Él venga a nosotros. Y con esta decisión descansamos.

Nosotros "elegimos dejar que Él venga a nosotros" al reconocer que hicimos una mala elección al aceptar al ego como nuestro maestro. Este reconocimiento es lo único que necesitamos hacer. Esto es la base del mensaje de Jesús cuando dice que su curso nos ofrece mucho, mientras que pide tan poco: 

Este curso apenas requiere nada de ti. Es imposible imaginarse algo que pida tan poco o que pueda ofrecer más. (T.20.VII.1.7-8) (Pág. 491)

(9.4-8) Su Amor se abrirá paso por su cuenta en nuestros corazones serenos y en nuestras mentes abiertas. Es indudable que lo que no ha sido negado se encuentra ahí, si es que es verdad y puede alcanzarse. Dios conoce a Su Hijo y sabe cómo llegar a él. No necesita que Su Hijo le muestre el camino. A través de cada puerta abierta Su Amor refulge hacia afuera desde su hogar interno e ilumina al mundo con inocencia. 

La segunda y tercera leyes del caos describen cómo le decimos a Dios lo que Él debería creer y pensar (T.23.II.4-6). Esto es una reminiscencia de nuestro discurso anterior sobre exigirle a Dios lo que nosotros queremos. Es crucial que seamos conscientes de las sutilezas con las que se manifiesta la arrogancia del ego en nuestras vidas. Nosotros realmente pensamos que sabemos qué es mejor para nosotros en términos de nuestros cuerpos: dónde deberíamos vivir, qué trabajo deberíamos tener, etc; y sin duda creemos que sabemos lo que se necesita para nuestra salvación. Sin embargo así únicamente exhibimos la arrogancia de estar preguntándole a la única cosa en el universo que no sabe (T.20.III.7.6); en este caso nuestros cerebros, los cuales piensan que piensan, y piensan que saben y que entienden nuestras necesidades: 

¿Por qué piensas que el cuerpo es un mejor hogar, un albergue más seguro para el Hijo de Dios? ¿Por qué preferirías ver el cuerpo en vez de la verdad? ¿Cómo es posible que esa máquina de destrucción sea lo que prefieres y lo que eliges para reemplazar el santo hogar que te ofrece el Espíritu Santo, y donde Él morará contigo? 

El cuerpo es el signo de la debilidad, de la vulnerabilidad y de la pérdida de poder. ¿Qué ayuda te puede prestar un salvador así? ¿Le pedirías ayuda a un desvalido en momentos de angustia y de necesidad? ¿Es lo infinitamente pequeño la mejor alternativa a la que recurrir en busca de fortaleza? (T.20.VIII.4.6-8; 5.1-4) (Pág. 494)

Cuando dejemos ir la locura arrogante del ego, nuestros corazones estarán tranquilos y nuestras mentes abiertas, y no negaremos más al Amor que ha estado siempre ahí, el cual brilla más allá de la oscuridad del pecado y de la culpa. 

La lección culmina con esta hermosa oración: 

(10) Padre, no sabemos cómo llegar a Ti. Pero te hemos llamado y Tú nos has contestado. No interferiremos. Los caminos de la salvación no son nuestros, pues te pertenecen a Ti. Y es a Ti a donde vamos para encontrarlos. Nuestras manos están abiertas para recibir Tus dones. No tenemos ningún pensamiento que no pensemos Contigo, ni abrigamos creencia alguna con respecto a lo que somos o a Quién nos creó. Tuyo es el camino que queremos hallar y seguir. Y sólo pedimos que Tu Voluntad, que también es la nuestra, se haga en nosotros y en el mundo, para que éste pase a formar parte del Cielo. Amén. 

Estas hermosas palabras no están realmente dirigidas a Dios, sino que son un ruego hecho a nosotros mismos —al nivel del tomador-de-decisiones— para que nuestra mente sea sanada, y humildemente admitamos con gratitud que nos habíamos equivocado; es un ruego a nosotros mismos para eliminarnos a nosotros mismos y que dejemos que el Amor de Dios dirija el camino.

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Fuente: Journey Through the Workbook of a Course in Miracles, de Ken Wapnick.

Índice de capítulos traducidos en este blog, aquí: link-indice.

domingo, 2 de noviembre de 2014

L-188 Journey ... de Ken Wapnick

Como ya indiqué en el post índice, los comentarios de Ken Wapnick son los que he puesto en color verde:

Lección 188 — La paz de Dios refulge en mí ahora

Nuestras próximas dos lecciones, la 188 y la 189, comparten el simbolismo de la luz. Por cierto, la primera de ellas era una de las preferidas de Bill Thetford. La lección comienza con el llamamiento de Jesús de la lección 131, "¿Por qué esperar al Cielo?" (L.131.6.1). ¿Por qué —pregunta él— retrasas la paz —los felices efectos del perdón— eligiendo en su lugar creer que tienes que sufrir para recibir tu recompensa final? Este es el punto de vista tradicional del cristianismo: que tu crucifixión en esta vida será recompensada en el más allá. Este mensaje de un retraso en la salvación —central en el sistema de pensamiento del ego basado en la culpa y el castigo— es corregido por Jesús en "La inmediatez de la salvación": 

El único problema pendiente es que todavía ves un intervalo entre el momento en que perdonas y el momento en que recibes los beneficios que se derivan de confiar en tu hermano. (...) 

(...) En el intervalo que crees que existe entre dar el regalo y recibirlo parece que tienes que sacrificar algo y perder por ello. Ves la salvación como algo que tendrá lugar en el futuro, pero no ves resultados inmediatos.

Sin embargo, la salvación es inmediata. (...)

(...) Pues el milagro es algo que es ahora. Se encuentra ya aquí, en gracia presente, dentro del único intervalo de tiempo que el pecado y el miedo han pasado por alto, pero que, sin embargo, es el único tiempo que hay.

Llevar a cabo la corrección en su totalidad no requiere tiempo en absoluto. (...)

No te contentes con la idea de una felicidad futura. Eso no significa nada ni es tu justa recompensa. Pues hay causa para ser libre ahora. (...) El propósito del Espíritu Santo es ahora el tuyo. ¿No debería ser Su felicidad igualmente tuya?

(T.26.VIII.1.1; 2.6-7; 3.1; 5.8-9; 6.1; 9.1-3, 9-10) (Págs. 628, 629 y 630)

Y así comienza la lección: 

(1.1-4) ¿Por qué esperar al Cielo? Los que buscan la luz están simplemente cubriéndose los ojos. La luz ya está en ellos. La iluminación es simplemente un reconocimiento, no un cambio. 

Cuando creemos que tenemos que buscar la luz estamos simplemente cubriéndonos los ojos, lo cual es una manera de decir que negamos la visión de Cristo y elegimos ver a través de los ojos del ego en lugar de los Suyos. Lo que necesitamos no es ir en busca de la luz, sino únicamente mirar dentro, que es donde la luz se encuentra. Al recordar que la verdad ya se encuentra presente en nosotros, nos damos cuenta de que nada ha cambiado y, entonces, nada tiene necesidad cambiar. Por lo tanto Jesús nos exhorta una vez más a que no nos excedamos de la pequeña voluntad que nos ha pedido por medio del Espíritu Santo.

No es necesario que hagas nada más; de hecho, es necesario que comprendas que no puedes hacer nada más. No te empeñes en darle al Espíritu Santo lo que Él no te pide, o, de lo contrario, creerás que el ego forma parte de Él y confundirás a uno con otro. (T.18.IV.1.5-6) (Pág. 423)

Jesús no quiere que hagamos un duro esfuerzo, porque luchar contra el ego le otorgaría una realidad de la que carece. El reconocimiento de la luz no es un cambio, pues no hay nada que deba cambiar.

(1.5) La luz es algo ajeno al mundo, y tú en quien mora la luz eres asimismo un extraño aquí. 

Este tema ya nos resulta familiar. Ciertamente somos unos extraños aquí, pues el mundo de los cuerpos no es nuestro hogar —el ser que pensamos que somos no es nuestro Ser. 

(1.6-8) La luz vino contigo desde tu hogar natal, y permaneció contigo, pues es tuya. Es lo único que trajiste contigo de Aquel que es tu Fuente. Refulge en ti porque ilumina tu hogar, y te conduce de vuelta al lugar de donde vino y donde finalmente estás en tu hogar. 

La luz simboliza la Presencia del Espíritu Santo, el recuerdo del Amor de Dios, el cual trajimos con nosotros desde nuestro hogar natal. Es la única cosa de Dios que tenemos dentro del sueño, y por lo tanto nos conecta de vuelta a Él. Recordemos este pasaje inspirador sobre la luz del mundo real, la cual nos recuerda la luz del Cielo, en donde mora Dios y Su único Hijo: 

Hay una luz que este mundo no puede dar. Mas tú puedes darla, tal como se te dio a ti. Y conforme la des, su resplandor te incitará a abandonar el mundo y a seguirla. Pues esta luz te atraerá como nada en este mundo puede hacerlo. Y tú desecharás este mundo y encontrarás otro. Ese otro mundo resplandece con el amor que tú le has dado. En él todo te recordará a tu Padre y a Su santo Hijo. La luz es ilimitada y se extiende por todo ese mundo con serena dicha. Todos aquellos que trajiste contigo resplandecerán sobre ti, y tú resplandecerás sobre ellos con gratitud porque te trajeron hasta aquí. Tu luz se unirá a la suya dando lugar a un poder tan irresistible que liberará de las tinieblas a los demás según tu mirada se pose sobre ellos. (T.13.VI.11) (Pág. 280)

Por lo tanto la luz nos lleva a casa, y a todos nuestros hermanos con nosotros. 

(2.1-3) Esta luz no se puede perder. ¿Por qué esperar a encontrarla en el futuro, o creer que se ha perdido o que nunca existió? Es tan fácil contemplarla que los argumentos que demuestran que no puede existir se vuelven irrisorios. 

Se nos está diciendo que la pérdida de algo no significa que ese algo haya desaparecido, sino que simplemente significa que nos hemos olvidado de dónde está (T.3.VI.9). La luz está en nuestra mente, sin embargo la hemos extraviado por el gran esfuerzo de olvidar nuestra Identidad, erigiendo numerosas defensas para evitar nuestro regreso al hogar, el cual en realidad nunca dejamos. Sin embargo es fácil recordar Eso [nuestra Identidad, nuestro hogar, el Cielo], ya que solamente soñábamos que éramos desterrados de la luz, la cual espera pacientemente nuestro despertar del autoimpuesto sueño del exilio: 

Todo lo que fue creado se encuentra, por lo tanto, perfectamente a salvo porque las leyes de Dios lo protegen con Su Amor. Cualquier parte de tu mente que no sepa esto se ha desterrado a sí misma del conocimiento, al no haber satisfecho sus condiciones. ¿Quién sino tú pudo haber hecho eso? Reconócelo gustosamente, pues en ese reconocimiento radica tu entendimiento de que tu destierro es algo ajeno a Dios, y, por lo tanto, no existe. (T.10.I.1.4-7) (Pág. 202)

(2.4) ¿Quién podría negar la presencia de lo que contempla en sí mismo? 

Puesto que la luz ya está en ti, ¿por qué querrías negarla? ¿Cómo podrías hacerlo, excepto inmerso en alucinaciones psicóticas?

(2.5) No es difícil mirar en nuestro interior, pues ahí nace toda visión.

Por supuesto que el ego afirma lo contrario, diciendo que mirar adentro es lo más difícil y que si lo haces "tus ojos se posarán sobre el pecado y Dios te cegará" (T.21.IV.2.3) (una cita que hemos visto muchas veces), lo cual es un eufemismo para decir que Dios te destruirá a causa de tu pecado. Sin embargo, en realidad no puede ser difícil mirar dentro porque tú ya estás dentro. Tu ser reside en la mente, inafectado por tu creencia de que reside en el cuerpo. Al seguir el camino del milagro, nuestra conciencia regresa desde el mundo hasta la mente, o lo que es lo mismo, desde el sueño hasta el soñador. 

Esta familiar declaración resume el rol del milagro: 

En realidad no ha ocurrido nada, excepto que te quedaste dormido y tuviste un sueño en el que eras un extraño para ti mismo y tan sólo una parte del sueño de otro. El milagro no te despierta, sino que simplemente te muestra quién es el soñador. (T.28.II.4.1-2) (Pág. 668)

(2.6-8) Lo que se ve, ya sea en sueños o procedente de una Fuente más verdadera, no es más que una sombra de lo que se ve a través de la visión interna. Ahí comienza la percepción y ahí termina. No tiene otra fuente que ésta. 

Este es también un tema que nos resulta familiar y que va a reaparecer en la próxima lección. Primero miramos dentro y decidimos a qué maestro seguimos, y a continuación miramos a través de sus ojos. Si hemos elegido al ego, vemos a través de los ojos de la separación y del ataque; si hemos elegido a Jesús, vemos a través de los ojos de la unidad y del perdón. Por lo tanto la percepción comienza y acaba en nuestra mente. Puesto que las ideas no abandonan su fuente, nunca vemos ni oímos a través de los ojos ni de los oídos del cuerpo, sino que experimentamos en la forma lo que previamente nuestra mente ha hecho real. 

Vemos repetidamente el énfasis que pone Jesús en nuestra necesidad de reconocer que tanto el problema como la solución están en nuestra mente.  De hecho, no hay nada excepto nuestra mente, donde la percepción comienza —luz u oscuridad— y donde termina —amor o miedo. Todo es proyección. Entender esta característica de la mente dividida es la visión de Cristo, hacia la cual nos conduce Jesús y la cual conocemos bien: 

La visión depende de la luz. En la obscuridad no puedes ver. Mas en la obscuridad —el mundo privado que habitas cuando duermes— ves en sueños a pesar de que tus ojos están cerrados. Ahí es donde lo que ves es obra tuya. Con todo, si abandonas la obscuridad dejarás de ver todo lo que hiciste, pues verlo depende de negar la visión. Sin embargo, negar la visión no quiere decir que no puedas ver. (...) 

No intentes alcanzar la visión valiéndote de los ojos, pues tú mismo inventaste tu manera de ver para así poder ver en la obscuridad, y en eso te engañas. Más allá de esta obscuridad, pero todavía dentro de ti, se encuentra la visión de Cristo, Quien contempla todo en la luz. Tu "visión" emana del miedo, tal como la Suya emana del amor. (T.13.V.8.1-6; 9.1-3) (Pág. 276)

(3.1-4) La paz de Dios refulge en ti ahora, y desde tu corazón se extiende por todo el mundo. Se detiene a acariciar cada cosa viviente, y le deja una bendición que ha de perdurar para siempre. Lo que da no puede sino ser eterno. Elimina todo pensamiento de lo efímero y de lo que carece de valor. 

Puesto que el mundo es una proyección de la idea de separación y no ha abandonado su fuente en la mente del Hijo de Dios, elegir la luz de Jesús en lugar de la oscuridad del ego nos permite percibir a la Filiación en esa luz también. Como ya sabemos, la visión no tiene nada que ver con ver luz físicamente, tal como las auras, sino que se refiere a la extensión de la luz de la verdad, lo cual sucede cuando aceptamos al Espíritu Santo como nuestro Maestro. En ese momento, cualquier pensamiento de "lo efímero y de lo que carece de valor" desaparece porque nos damos cuenta de su insignificancia. Cuando el ego desaparece, la paz interior se extiende de forma natural a través de la Filiación, bendiciendo a todas las mentes con su reflejo de la eterna paz de Dios. La introducción a "Los obstáculos de la paz" describe esta extensión: 

A medida que la paz comience a extenderse desde lo más profundo de tu ser para abarcar a toda la Filiación y ofrecerle descanso, se topará con muchos obstáculos. (...) La paz, no obstante, los envolverá dulcemente a todos, extendiéndose más allá de ellos sin obstrucción alguna. (...) La paz que Él [el Espíritu Santo] ha depositado, muy hondo dentro de ti y tu hermano, se extenderá quedamente a cada aspecto de vuestras vidas, rodeándoos a ambos de radiante felicidad y con la sosegada certeza de que gozáis de absoluta protección. Y vosotros llevaréis su mensaje de amor, seguridad y libertad a todo aquel que se acerque a vuestro templo, donde la curación le espera. (...) Y vosotros lo albergaréis y le daréis descanso tal como se os dio a vosotros. (T.19.IV.1.1, 4, 6-7, 9) (Pág. 453)

(3.5-6) Renueva todos los corazones fatigados e ilumina todo lo que ve según pasa de largo. Todos sus dones se le dan a todo el mundo, y todo el mundo se une para darte las gracias a ti que das y a ti que has recibido. 

Esta es otra expresión más del tema del dar y recibir. Al decidir descansar en la paz de Dios, permitimos que su luz sanadora se extienda por toda la Filiación como una, abrazándola con consuelo y amor, tal como leemos en estas bellas palabras del Texto

Y en la luz del sol te alzarás sereno, lleno de inocencia y sin temor alguno. Y desde ti, el descanso que encontraste se extenderá para que tu paz jamás pueda abandonarte y dejarte desamparado. Aquellos que ofrecen paz a todo el mundo han encontrado un hogar en el Cielo que el mundo no puede destruir. Pues es lo suficientemente grande como para contener al mundo entero dentro de su paz. 

En ti reside el Cielo en su totalidad. A cada hoja seca que cae se le confiere vida en ti. Cada pájaro que jamás cantó cantará de nuevo en ti. Y cada flor que jamás floreció ha conservado su perfume y hermosura para ti. ¿Qué objetivo puede suplantar a la Voluntad de Dios y a la de Su Hijo de que el Cielo le sea restituido a aquel para quien fue creado como su único hogar? No ha habido nada ni antes ni después. No ha habido ningún otro lugar, ningún otro estado ni ningún otro tiempo. Nada que esté más allá o más acá. Nada más. En ninguna forma. Esto se lo puedes brindar al mundo entero y a todos los pensamientos erróneos que se adentraron en él y permanecieron allí por un tiempo. ¿De qué mejor manera se podrían llevar tus propios errores ante la verdad, que estando dispuesto a llevar la luz del Cielo contigo, según te diriges más allá del mundo de las tinieblas hacia la luz? (T.25.IV.4.7-10; 5.1-12) (Págs. 592-593)

(4.1) El resplandor de tu mente le recuerda al mundo lo que ha olvidado, y éste a su vez, restituye esa memoria en ti. 

Nuestra función como maestros de Dios es hacer que nuestra paz les recuerde a otros que pueden tomar la misma decisión que nosotros hemos tomado. A medida que hacemos eso reforzamos nuestra propia decisión. De este modo nos unimos con Jesús y con nuestro hermano al que hemos perdonado, y la luz de nuestro hermano mayor, que brilla en la oscuridad del mundo, se convierte en un faro de cordura y amor: 

Te has unido a mí en tu relación para llevarle el Cielo al Hijo de Dios, que se había ocultado en la obscuridad. Has estado dispuesto a llevar la obscuridad a la luz, y eso ha fortalecido a todos los que quieren permanecer en la obscuridad. Los que quieran ver verán. Y se unirán a mí para llevar su luz a la obscuridad cuando la obscuridad que hay en ellos haya sido llevada ante la luz y eliminada para siempre. (T.18.III.6.1-4) (Pág. 422)

(4.2-4) Desde ti la salvación irradia dones inconmensurables, que se dan y se devuelven. A ti que das el regalo, Dios Mismo te da las gracias. Y la luz que refulge en ti se vuelve aún más brillante con Su bendición, sumándose así a los regalos que tienes para ofrecérselos al mundo. 

Otra afirmación de que dar y recibir son uno. Cuando damos amor, recibimos el amor que hemos dado, el cual no solo les recuerda a los demás que hay una elección diferente, sino que esa elección se fortalece en nosotros mismos. ¿Quién podría oponerse a leer de nuevo las maravillosas palabras que cierran "Luz en el sueño", las cuales se hacen eco del luminoso mensaje de esta lección?: 

Ni una sola luz en el Cielo deja de acompañaros. Ni uno solo de los rayos que brillan para siempre en la Mente de Dios deja de iluminaros. El Cielo se ha unido a vosotros en vuestro avance hacia él. Si se han unido a vosotros luces tan potentes que infunden a la pequeña chispa de vuestro deseo el poder de Dios Mismo, ¿cómo podríais vosotros seguir en la obscuridad? Tú y tu hermano estáis retornando a casa juntos, después de un largo e insensato viaje que emprendisteis por separado y que no os condujo a ninguna parte. Has encontrado a tu hermano, y cada uno de vosotros alumbrará el camino del otro. Y partiendo de esa luz, los Grandes Rayos se extenderán hacia atrás hasta la obscuridad y hacia adelante hasta Dios, para desvanecer con su resplandor el pasado y así dar lugar a Su eterna Presencia, en la que todo resplandece en la luz. (T.18.III.8) (Pág. 423)

(5.1-2) La paz de Dios jamás se puede contener. El que la reconoce dentro de sí tiene que darla. 

La principal característica de la mente es que cualquier cosa que esté en ella debe proyectarse o extenderse. Si hay culpa, la vemos en todos los demás, por consiguiente atacándoles; si hay la paz de Jesús, entonces amamos lo que vemos en los demás. Podemos reconocer qué decisión hemos tomado observando nuestras actitudes hacia el mundo, lo cual nos ayuda a definir su propósito de reflejar la decisión de la mente: los pensamientos de especialismo y juicio son las proyecciones del sistema de pensamiento del ego; el reconocimiento de que compartimos un único interés para todos —sin excepción— es parte de Cristo. 

(5.3-7)  Y los medios a través de los que puede hacerlo residen en su entendimiento. Puede perdonar porque reconoció la verdad en él. La paz de Dios refulge en ti ahora, así como en toda cosa viviente. En la quietud la paz de Dios se reconoce universalmente. Pues lo que tu visión interna contempla es tu percepción del universo. 

Lo que hemos hecho real dentro, lo vemos fuera. Una vez elegido el Espíritu Santo como nuestro Maestro, la paz es el resultado feliz e inevitable, en el cual el sueño del pasado y del futuro desaparece en el instante santo —primero en los sueños felices del perdón, y luego en la nada, cuando el Amor de Dios brilla más allá del sueño de la separación: 

La paz de Dios supera tu razonar sólo en el pasado. Sin embargo, está aquí, y puedes entenderla ahora mismo. Dios ama a Su Hijo eternamente, y Su Hijo le corresponde eternamente. 

Primero soñarás con la paz, y luego despertarás a ella. Tu primer intercambio de lo que has hecho por lo que realmente deseas es el intercambio de las pesadillas por los sueños felices de amor. En ellos se encuentran tus verdaderas percepciones, pues el Espíritu Santo corrige el mundo de los sueños, en el que reside toda percepción. (T.13.VII.8.1-3; 9.1-3) (Págs. 282 y 283)

(6.1-2) Siéntate en silencio y cierra los ojos. La luz en tu interior es suficiente. 

No es necesario ver por medio de los ojos físicos —los cuales ni siquiera están viendo, como hemos aprendido. La visión real se produce por medio de la quietud interior.

(6.3-6) Sólo ella puede concederte el don de la visión. Ciérrate al mundo exterior, y dales alas a tus pensamientos para que lleguen hasta la paz que yace dentro de ti. Ellos conocen el camino. Pues los pensamientos honestos, que no están mancillados por el sueño de cosas mundanas externas a ti, se convierten en los santos mensajeros de Dios Mismo. 

Jesús habla de nuestros perdonadores pensamientos de la mentalidad recta, de intereses compartidos, y de paz, los cuales reflejan el Pensamiento de Dios. Por lo tanto Jesús apela a la mente tomadora de decisiones para que revierta su errónea decisión y se aleje del ego y del mundo que surgió de él, y retorne al principio de Expiación del Espíritu Santo —la visión de Cristo— para compartir con quienes no pueden ver: 

El Espíritu Santo es un Pensamiento de Dios, y Dios te lo dio porque Él no tiene ningún Pensamiento que no comparta. El mensaje del Espíritu Santo habla de lo intemporal en el tiempo, y por eso es por lo que la visión de Cristo contempla todas las cosas con amor. (...) 

(...) Cada milagro que le ofreces al Hijo de Dios no es otra cosa que la verdadera percepción de un aspecto de la totalidad. (...) Cada hermano que ves libre de su pasado, pues, te aproxima más al final del tiempo al introducir una manera de ver sana y sanadora en la obscuridad, capacitando así al mundo para ver. Pues la luz tiene que llegar hasta el mundo tenebroso para que la visión de Cristo sea posible incluso ahí. Ayúdale a ofrecer Su don de luz a todos los que creen vagar en la obscuridad, y deja que Él los reúna en Su serena visión que hace que todos sean uno solo. (T.13.VIII.4.3-4; 5.2, 4-6) (Págs. 286 y 287)

(7) Éstos son los pensamientos que piensas con Él. Ellos reconocen su hogar y apuntan con absoluta certeza hacia su Fuente, donde Dios el Padre y el Hijo son Uno. La paz de Dios refulge sobre ellos, pero ellos no pueden sino permanecer contigo también, pues nacieron en tu mente, tal como tu mente nació en la de Dios. Te conducen de regreso a la paz, desde donde vinieron con el solo propósito de recordarte cómo regresar. 

Nuestros pensamientos honestos reflejan la Mente en la que Dios y Cristo son Uno. Jesús describe otra vez el proceso del tomador de decisiones revirtiendo su elección equivocada, eligiendo ahora identificarse con los pensamientos de la mentalidad correcta, los cuales conducen de vuelta a Dios. 

(8.1) Ellos acatan la Voz de tu Padre cuando tú te niegas a escuchar. 

Cuando estos perdonadores pensamientos de la mentalidad recta —siempre presentes en nuestra mente— amenazan nuestra individualidad, los rechazamos al negarnos a escucharlos. 

(8.2) Y te instan dulcemente a que aceptes Su Palabra acerca de lo que eres en lugar de fantasías y sombras. 

Las fantasías/sombras son los pensamientos de pecado, culpa y miedo, los cuales proyectamos sobre el cuerpo.

(8.3-4) Te recuerdan que eres el co-creador de todas las cosas que viven. Así como la paz de Dios refulge en ti, refulge también en ellas. 

"Todas las cosas que viven" se refiere al universo del espíritu. Dentro del sueño no co-creamos con Dios, sino que a este nivel lo que hacemos es reflejar esa capacidad, mediante el ver intereses compartidos. Por lo tanto, a través del perdón deshacemos los pensamientos que nos impiden recordar que somos uno con Dios, y por lo tanto co-creadores con Él: Dios creó a Cristo, Quien entonces extendió el Amor de Su Creador —las "creaciones" de Cristo. Este pasaje explica: 

A tus creaciones les corresponde estar en ti del mismo modo en que a ti te corresponde estar en Dios. Tú eres parte de Dios, tal como tus hijos son parte de Sus Hijos. Crear es amar. El amor se extiende hacia afuera simplemente porque no puede ser contenido. (...) El amor crea para siempre, aunque no en el tiempo. Las creaciones de Dios han existido siempre porque Él ha existido siempre. Tus creaciones han existido siempre, porque tú sólo puedes crear como Dios crea. (T.7.I.3.1-4, 6-8) (Pág. 124)

(9) El propósito de nuestras prácticas de hoy es acercarnos a la luz que mora en nosotros. Tomamos rienda de nuestros pensamientos errantes y dulcemente los conducimos de regreso allí donde pueden armonizarse con los pensamientos que compartimos con Dios. No vamos a permitir que sigan descarriados. Dejaremos que la luz que mora en nuestras mentes los guíe de regreso a su hogar. Los hemos traicionado al haberles ordenado que se apartasen de nosotros. Pero ahora les pedimos que regresen y los purificamos de cualquier anhelo extraño o deseo confuso. Y así, les restituimos la santidad que es su herencia. 

Jesús dulcemente nos exhorta a elegir otra vez; a tomar rienda de nuestros pensamientos errantes —pensamientos proyectados— y traerlos de vuelta adonde hemos elegido erróneamente. Por lo tanto somos libres de aceptar la santidad de nuestra herencia —la inocencia del Hijo de Dios— y de rechazar la pequeñez de las mezquinas ofertas del ego: 

No permitas que las pequeñas interferencias te arrastren a la pequeñez. (...) ¡Piensa cuán feliz es el mundo por el que caminas con la verdad a tu lado! No renuncies a ese mundo de libertad por un pequeño anhelo de aparente pecado, ni por el más leve destello de atracción que pueda ejercer la culpabilidad. ¿Despreciarías el Cielo por causa de esas insignificantes distracciones? Tu destino y tu propósito se encuentran mucho más allá de ellas, en un lugar nítido donde no existe la pequeñez. (...) 

(...) El mundo brillará y resplandecerá en amoroso perdón, y todo lo que una vez considerabas pecaminoso será re-interpretado ahora como parte integrante del Cielo. ¡Qué bello es caminar, limpio, redimido y feliz, por un mundo que tanta necesidad tiene de la redención que tu inocencia vierte sobre él! ¿Qué otra cosa podría ser más importante para ti? Pues he aquí tu salvación y tu libertad. Y éstas tienen que ser absolutas para que las puedas reconocer. (T.23.introd.4.1, 3-6; 6.4-8) (Pág. 543)

(10.1) De esta forma, nuestras mentes quedan restauradas junto con ellos, y reconocemos que la paz de Dios refulge todavía en nosotros, y que se extiende desde nosotros hasta todas las cosas vivientes que comparten nuestra vida. 

Jesús no habla de carne y hueso —cuerpos— sino de la mente del Hijo fragmentado. Recordemos la declaración de "Las leyes del caos" cuando dice que aquí [en el sueño, en la percepción] no hay vida (T.23.II.19.1) —lo que sí hay en la mentalidad recta es el reflejo de nuestra vida compartida; pero la verdadera vida permanece en el Cielo, como espíritu. 

(10.2) Las perdonamos a todas, y absolvemos al mundo entero de lo que pensábamos que nos había hecho. 

Por lo tanto Jesús me enseña a perdonar a mis hermanos por lo que ellos no han hecho. El mundo no me hizo nada, pues yo lo inventé despiadado y abusador; por lo tanto soy el único que puede absolverlo. 

(10.3-7) Pues somos nosotros quienes construimos el mundo como queremos que sea. Ahora elegimos que sea inocente, libre de pecado y receptivo a la salvación. Y sobre él vertemos nuestra bendición salvadora, según decimos: 

La paz de Dios refulge en mí ahora. Que todas las cosas refuljan sobre mí en esa paz, y que yo las bendiga con la luz que mora en mí. 

La clave de nuestra práctica es darnos cuenta de que todos forman parte de la Filiación. Necesitamos observar los juicios de nuestra mente y los apegos especiales, entendiendo que proceden de la decisión, aunque reprimida, de creer que la oscuridad del ego es la realidad y que la luz de Cristo es una ilusión. Usamos las experiencias del día para discernir la decisión de la mente, reconociendo que la elección errónea nos ha hecho desdichados, mientras que la felicidad proviene de pedir ayuda a Jesús para corregir el error. De este modo nuestra luz se une a la suya al cantar "El sonido de la paz" a nosotros mismos y a todos nuestros hermanos: 

La melodía de la paz está siempre ahí. 
Ni muere ni titubea. Ella sigue siendo
un calmado y suave sonido, incluso más tranquilo que el silencio, y
un recuerdo intemporal en las mentes
que Dios creó. Canta incesantemente
a todo el mundo, para que Le recuerden.
Los sonidos de la tierra se aquietaron ante
esta ancestral melodía, la cual habla del amor
en ilimitadas dimensiones. ¿Dónde está el miedo,
cuando Dios ha garantizado que Él está aquí? 
(The Gifts of God [Los Regalos de Dios], p. 10)

☼☼☼

Fuente: Journey Through the Workbook of a Course in Miracles, de Ken Wapnick.

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